Ardinal está compuesto por cinco poemarios que, inicialmente, fueron pensados como independientes entre sí. Sin embargo, las propias conexiones entre ellos me llevaron a configurar un único libro.
Orígen químico del fuego ha sido un poemario cambiante, de título y estructura, y su idea llevaba mucho tiempo murmurando entre mis manos. Enlazar química y poesía (mis estudios y mi vocación, respectivamente) acabó siendo un proceso natural e inevitable. El caso de Exuvia responde a la casualidad de una observación: la de la muda abandonada de un pequeño insecto sobre el tronco de un árbol. Algo tan simple desencadenó una serie de puntos de vista (y de fuga), y además del propio poemario abrió la puerta de uno siguiente, titulado Las manos antárticas, que se pobló de fantasmas y posibilidades remotas. El cuarto título, Udra, comenzó siendo un recuerdo de mi abuelo para convertirse en una crónica triple, minúscula y personal sobre lo que significa habitar un topónimo. Para finalizar, y quizá conteniendo los cuatro anteriores, Ardinal vino a reorientar este libro último hacia el instinto animal de quien escribe poesía. Y hacia el deseo. Y también hacia el misterio, claro; siempre hacia el misterio.